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miércoles

A la Virgen del Carmen

Desde el primer instante de mi vida
me tomaste en tus brazos,
y desde aquel momento,
amada Madre mía,
me das tu protección aquí en la tierra.
Para guardar intacta mi inocencia,
me escondiste en un blando y dulce nido,
custodiaste mi infancia a la sombra bendita
de un retirado claustro.

Y más tarde, al llegar
mi juventud a sus primeros días,
escuché la llamada de Jesús.
Me mostraste el Carmelo
con ternura inefable.
«Ven a inmolarte por tu Salvador
-me decías entonces con dulzura-.
Cerca de mí te sentirás dichosa,
ven a inmolarte con tu Salvador.

Cerca de ti, oh tierna Madre mía,
he encontrado la paz del corazón;
en esta tierra nada más deseo,
sólo Jesús es toda mi ventura.
Si alguna vez me asaltan
la tristeza o el miedo,
en mi debilidad tú me sostienes
y siempre, Madre mía, me bendices.



Otórgame la gracia
de mantenerme fiel
a mi divino Esposo, Jesús.
Para que un día
su dulce voz yo escuche,
cuando a volar me invite y a sentarme
entre sus elegidos.
Entonces ya no habrá
ni más destierro ni más sufrimiento.
Ya en el cielo,
yo volveré a cantarte
mi amor y gratitud,
amable y dulce Reina del Carmelo.

Fecha: 16 de julio de 1894. - Compuesta para: sor Marta de Jesús, con motivo de sus veintinueve años. -

Mi canto de hoy

Mi vida es un instante, una efímera hora,
momento que se evade y que huye veloz.
Para amarte, Dios mío, en esta pobre tierra
no tengo más que un día:
¡sólo el día de hoy!

¡Oh, Jesús, yo te amo! A ti tiende mi alma.
Sé por un solo día mi dulce protección,
ven y reina en mi pecho, ábreme tu sonrisa
¡nada más que por hoy!

¿Qué me importa que en sombras esté envuelto el futuro?
Nada puedo pedirte, Señor, para mañana.
Conserva mi alma pura, cúbreme con tu sombra
¡nada más que por hoy!

Si pienso en el mañana, me asusta mi inconstancia,
siento nacer tristeza, tedio en mi corazón.
Pero acepto la prueba, acepto el sufrimiento
¡nada más que por hoy!

¡Oh Piloto divino, cuya mano me guía!,
en la ribera eterna pronto te veré yo.
Por el mar borrascoso gobierna en paz mi barca
¡nada más que por hoy!

¡Ah, deja que me esconda en tu faz adorable,
allí no oiré del mundo el inútil rumor.
Dame tu amor, Señor, consérvame en tu gracia
¡nada más que por hoy.

Cerca yo de tu pecho, olvidada de todo,
no temo ya, Dios mío, los miedos de la noche.
Hazme un sitio en tu pecho, un sitio, Jesús mío,
¡nada más que por hoy!

Pan vivo, Pan del cielo, divina Eucaristía,
¡conmovedor misterio que produjo el amor!
Ven y mora en mi pecho, Jesús, mi blanca hostia,
¡nada más que por hoy!

Uneme a ti, Dios mío, Viña santa y sagrada,
y mi débil sarmiento dará su fruto bueno,
y yo podré ofrecerte un racimo dorado,
¡oh Señor, desde hoy!

Es de amor el racimo, sus granos son las almas,
para formarlo un día tengo, que huye veloz.
¡Oh, dame, Jesús mío, el fuego de un apóstol
nada más que por hoy!

¡Virgen inmaculada, oh tú, la dulce Estrella
que irradias a Jesús y obras con él mi unión!,
deja que yo me esconda bajo tu velo, Madre,
¡nada más que por hoy!

¡Oh ángel de mi guarda, cúbreme con tus alas,
que iluminen tus fuegos mi peregrinación!
Ven y guía mis pasos, ayúdame, ángel mío,
¡nada más que por hoy!


A mi Jesús deseo ver sin velo, sin nubes.
Mientras tanto, aquí abajo muy cerca de él estoy.
Su adorable semblante se mantendrá escondido
¡nada más que por hoy!

Yo volaré muy pronto para ensalzar sus glorias,
cuando el día sin noche se abra a mi corazón.
Entonces, con la lira de los ángeles puros,
¡yo cantaré el eterno, interminable hoy!

Fecha: 1 de junio de 1894. - Compuesto para: María del Sagrado Corazón,
a petición suya, para su santo.

Santa Juana de Arco

1 Dios vencedor, tu Iglesia, toda entera,
rendir pronto quisiera honor en los altares
a una virgen y mártir, a una niña guerrera,
cuyo nombre resuena ya en el cielo.
Estrib. 1 Por tu poder,
¡oh Rey del cielo!,
dale a Juana de Francia }
aureola y altar. } bis

2 Para salvar a Francia, a la Francia culpable,
no desea tu Iglesia ningún conquistador.
A Francia solamente Juana puede salvarla:
¡todos los héroes juntos pesan menos que un mártir!

3 Juana es obra maestra de tus manos, Señor.
Un corazón de fuego y un alma de guerrero
diste a la virgen tímida,
coronando su frente de lirio y de laurel.

4 En su humilde pradera oyó voces del cielo
que a los campos de lucha la llamaban.
Partió rápidamente para salvar la patria,
y, tierna jovencita, a soldados mandó.

5 De los fieros guerreros Juana ganó las almas:
el resplandor divino de este ángel de los cielos
y su mirada pura y su palabra en llamas
hicieron que las frentes atrevidas
al suelo se inclinaran.

6 Por un prodigio,entonces,
que es único en la historia,
un monarca cobarde y tembloroso
reconquistó su gloria y su corona
valiéndose del brazo de una débil doncella.

7 Mas no son éstas las victorias grandes
que de Juana hoy queremos celebrar;
la verdaderas glorias que en ella celebramos
son y serán por siempre, ¡oh Dios!,
sus virtudes, su amor.

8 Salvó a Francia en los campos de batalla,
mas su grandes virtudes
necesitaban el divino sello
del sufrimiento amargo,
que fue el sello bendito de su Esposo, Jesús.



9 Sobre la pira en llamas sacrificó su vida,
y en aquel mismo instante
ella escuchó las voces de los santos,
abandonó el destierro por la Patria,
el ángel salvador se remontó a los cielos...

10 Tú eres, pura doncella, nuestra dulce esperanza,
escucha nuestras voces, ven de nuevo a nosotros.
Baja y convierte a Francia,
y por segunda vez ven a salvarla.
Estrib. 2 Por el poder
del Dios de las victorias,
¡salva, salva a tu Francia, }
ángel libertador! } bis

11 Hija de Dios, bellos fueron tus pasos,
arrojando al inglés de tu nación.
Mas no eches en olvido
que en los días primeros de tu infancia
te dedicabas a cuidar corderos.
Estrib. 3 Sé tú la defensora
de los que nada pueden,
conserva la inocencia }
en las cándidas almas }
de los niños. } bis

12 Tuyos, ¡oh dulce mártir!, son nuestros monasterios,
tú sabes que las vírgenes hermanas tuyas son;
y sabes que el objeto de sus ruegos
es, como fue el objeto de los tuyos,
ver que en todas las almas reina Dios.
Estrib. 4 Salvar las almas
es su deseo,
de apóstol mártir }
dales tu llama. } bis

13 Muy lejos de nosotros huirán temor y miedo
cuando la Iglesia ensalce la figura
de Juana, nuestra Santa,
coronando su frente, limpia y pura.
Entonces cantaremos:
Estrib. 5 En ti tenemos puesta
toda nuestra esperanza.¡Oh, ruega por nosotros, }
santa Juana de Francia! } bis

NOTAS - CÁNTICO PARA OBTENER LA CANONIZACIÓN DE LA
VENERABLE JUANA DE ARCO

Fecha: 8 de mayo de 1894. - Compuesto para sí misma y dedicado a Celina. Poesía patriótica y religiosa en la que la expresión es casi trivial. Teresa
pone el acento en las virtudes cristianas y profundas de su heroína.

Santa Cecilia

«Mientras sonaban los órganos,
Cecilia cantaba en su corazón»
(Oficio divino)
¡Oh santa del Señor, yo contemplo extasiada
el surco luminoso que dejas al pasar;
aún me parece oír tu dulce melodía
y hasta mí llega tu celeste canto.

De mi alma desterrada escucha la plegaria,
déjame que descanse
sobre tu dulce corazón de virgen,
inmaculado lirio
que brilla en las tinieblas de la tierra
con claro resplandor maravilloso
y casi sin igual.

Castísima paloma, pasando por la vida,
no buscaste a otro esposo que no fuera Jesús.
Habiendo él escogido por esposa a tu alma,
se había unido a ella,
hallándola aromada y rica de virtud.

Sin embargo, otro amante,
radiante de hermosura y de virtud,
respiró tu perfume, blanca y celeste flor.
Por hacerte flor suya y ganar tu ternura,
el joven Valeriano
quiso darte, sin mengua, todo su corazón.
Preparó sin demora, bodas maravillosas,
retembló su palacio de cantos melodiosos;
pero tu corazón de virgen repetía
cánticos misteriosos,
cuyo divino eco se elevaba hasta el cielo.

Tan lejos de tu patria
y viendo junto a ti a este frágil mortal,
¿qué otra cosa podías tú cantar?
¿Deseabas, acaso, abandonar la vida
y unirte para siempre con Jesús en el cielo?
¡Oh no, que no era eso! Oigo vibrar tu lira,
la seráfica lira de tu amor,
la de las dulces notas,
cantando a tu Señor este sublime cántico:
"Conserva siempre puro
mi corazón, Jesús, mi tierno Esposo"

¡Inefable abandono, sublime melodía!
Revelas el amor en tu celeste canto,
el amor que no teme, que se duerme y olvida
como un niño pequeño en los brazos de Dios ...
En la celeste bóveda brilló la blanca estrella
que a esclarecer venía con sus tímidos rayos
la noche luminosa que nos muestra, sin velo,
el virginal amor
que en el cielo se tienen los esposos...

Entonces Valeriano se iluminó de gozo,
pues todo su deseo, Cecilia, era tu amor.
Mas halló mucho más en tu noble alianza:
¡le mostraste la vida que nunca acabará!
«¡Oh, mi joven amigo -tú misma le dijiste-,
cerca de mí está siempre un ángel del Señor
que me conserva puro el corazón!
Nunca de mí se aparta, ni aun cuando estoy dormida,
y me cubre gozoso con sus alas azules.
Yo veo por la noche brillar su amable rostro
con una luz más suave que el rayo de la aurora,
su cara me parece la transparente imagen,
el purísimo rayo de la cara de Dios».

Replicó Valeriano: «Muéstrame ese ángel bello,
así a tu juramento podré prestar yo fe;
de lo contrario, teme desde ahora
que mi amor se transforme
en terribles furores y en odio contra ti».
¡Oh paloma escondida
en las hondas cavernas de la piedra,
no temiste la red del cazador!
El rostro de Jesús te mostraba sus luces,
el sagrado Evangelio reposaba en tu pecho,
y con dulce sonrisa al punto le dijiste:
«Mi celeste guardián escucha tu deseo,
tú le verás muy pronto, se dignará decirte
que tienes que ser mártir para volar al cielo.
Mas antes que tú veas a mi ángel,
es cosa necesaria que el bautismo
derrame por tu alma una santa blancura,
que el verdadero Dios habite en ella,
que el Espíritu Santo le dé a tu corazón su propia vida.
El Verbo, Hijo del Padre, y el Hijo de María,
con un inmenso amor se inmola en el altar;
tienes que ir a sentarte
al sagrado convite de la vida,
para comer a Cristo, que es el pan de los cielos.

El serafín, entonces, te llamará su hermano,
y al ver tu corazón ya convertido
en trono de su Dios,
hará que tú abandones las playas de la tierra,
tú verás la morada
de este celeste espíritu de fuego».

«Mi corazón se quema en una nueva llama
-exclamó, transformado, el ardiente patricio-,
quiero que el Señor venga y que habite en mi alma,
¡oh, Cecilia, mi amor será digno del tuyo!»

Vestido con la blanca vestidura, emblema de inocencia,
Valeriano vio al ángel hermoso de los cielos,
y contempló, extasiado, su sublime potencia,
flores abiertas, todas, en el jardín del cielo
bajo el rato de amor del Astro creador.».
«¡Oh, queridos esposos, a los que el cielo ama
-así les dijo el ángel del Señor,
las rosas del martirio
servirán de corona a vuestras frentes,
y no hay lira ni voz que cantar pueda
este inmenso favor.
Yo que vivo abismado
en mi Dios y contemplo sus encantos,
no puedo ni inmolarme ni sufrir por su amor,
ofrecerle no puedo la sangre de mis venas
ni el llanto de mis ojos,
yo no puedo morir para expresar mi amor.
La pureza es del ángel brillante patrimonio,
su inabarcable gloria nunca terminará;
¡mas vosotros, mortales,
sobre el ángel tenéis la gran ventaja
de poder ser muy puros y de poder sufrir!

«En estos blancos lirios perfumados
estáis viendo vosotros
el misterioso símbolo de la virginidad,
que es el dulce presente del Cordero.
Coronados seréis con la blanca aureola,
por siempre y para siempre vuestro canto
será el cántico nuevo.
Vuestra unión casta engendrará a otras almas
que por único esposo buscarán a Jesús;
junto al trono divino, y entre los elegidos,
vosotros las veréis alzar su lumbre
cual purísimas llamas».

¡Oh, préstame, Cecilia, tu dulce melodía!
Quisiera conquistarle a Jesús corazones,
y, como tú, quisiera sacrificar mi vida,
darle toda mi sangre y el llanto de mis ojos...
Haz que yo guste en la extranjera playa
el perfecto abandono, del amor dulce fruto.
¡Oh, mi santa querida, haz que vuele a tu lado,
muy pronto y para siempre, muy lejos de la tierra...!

28 de abril de 1894.

El rocío divino o la leche virginal

Envuelto en luz de amor,
en el blando regazo de tu Madre,
¡oh, mi dulce Jesús!, te muestras a mis ojos,
radiante de amor.
El amor: misteriosa razón
que te alejó de tu mansión celeste
y te trajo al destierro.
Deja que yo me esconda bajo el velo
que a la humana mirada te disfraza.
Solamente a tu lado, ¡oh Estrella matutina!,
mi corazón pregusta un avance del cielo.

Cuando al nacer de cada nueva aurora
aparecen del sol los rayos de oro,
la tierna flor que empieza a abrir su cáliz
espera de lo alto un bálsamo precioso:
la rutilante perla matutina,
misteriosa y henchida de frescura,
es la que, produciendo rica savia,
hace abrirse a la flor muy lentamente.

Tú eres, Jesús, la flor que acaba de entreabrirse,
contemplando aquí estoy tu despertar primero.
Tú eres, Jesús, la encantadora rosa,
el capullito fresco, gracioso y encarnado.
Los purísimos brazos de tu Madre querida
son para ti tu cuna y trono real.
Es tu sol dulce el seno de María,
tu rocío, la leche virginal

Divino Amado y hermanito mío,
columbro en tu mirada tu futuro:
¡pronto a tu Madre dejarás por mí,
pues ya el amor te empuja al sufrimiento!
Pero sobre la cruz, ¡oh flor abierta!,
reconozco tu aroma matinal,reconozco las perlas de María:
¡es tu sangre la leche virginal!

Este rocío se esconde en el santuario,
hasta el ángel quisiera poder beber de él:
al ofrecer a Dios su plegaria sublime,
como san Juan repite: «¡Hele aquí!».
¡Oh sí!, miradle aquí a este Verbo hecho Hostia,
eterno Sacerdote, sacerdotal Cordero.
El que es Hijo de Dios es hijo de María...
¡Se ha hecho pan de los ángeles la leche virginal!



El serafín se nutre de la gloria,
del puro amor y del perfecto gozo;
yo, pobre y débil niña, sólo veo
en el copón sagrado
de la leche el color y la figura.
Mas le leche es un bien para la infancia.
Del corazón divino el amor no halla igual...
¡Oh tierno amor, potencia incalculable!
¡Mi hostia blanca es la leche virginal!

Fecha: 2 de febrero de 1893. - Compuesta para: sor Teresa de San Agustín.